
- Venezuela analiza su salida de la OPEP en conversaciones con funcionarios estadounidenses, aunque no hay una decisión definitiva aún.
- Estados Unidos busca el control directo de yacimientos venezolanos mediante alianzas estratégicas que reduzcan la influencia del cartel petroleo.
- La organización enfrenta deserciones consecutivas (EAU e Irak) que evidencian su poder menguante frente a nuevos productores y la transición energética global.
En el último piso del Hotel Marriot de Caracas se gesta una decisión que podría reescribir la historia energética moderna de Venezuela. Según Bloomberg en Línea, fuentes allegadas al Gobierno venezolano confirman que la administración analiza con seriedad la posibilidad de abandonar la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), un movimiento que causaría un nuevo terremoto en el cártel más influyente del siglo XX.
Las conversaciones han trascendido las fronteras nacionales. Funcionarios estadounidenses participan activamente en estos debates, aunque hasta el momento no existe anuncio oficial alguno. Las fuentes consultadas, que solicitaron anonimato al tratar información de carácter confidencial, revelan que la decisión aún permanece en fase deliberativa, sin definición conclusiva.
Sin embargo, el silencio oficial desde Miraflores es ensordecedor. El Ministerio de Información de Venezuela no ha respondido a las solicitudes de comentarios sobre este tema que podría transformar la geopolítica petrolera mundial.
Trump rediseña el tablero energético Latinoamericano
Esta potencial ruptura marca un punto de inflexión geopolítico sin precedentes. Desde que Donald Trump asumió la presidencia estadounidense y propició cambios políticos en Caracas al capturar y extraer al dictador Nicolás Maduro, la dinámica de control sobre las ventas de crudo venezolano ha experimentado un giro radical y de profundas implicaciones estructurales.
Washington impulsa negociaciones para adquirir una participación significativa en los yacimientos petrolíferos del país caribeño, según revelan Bloomberg y Axios. El objetivo es establecer una alianza energética que permita a Estados Unidos ejercer dominio directo sobre una de las mayores reservas petroleras del planeta.
Venezuela, fundador y uno de los mayores productores de crudo históricamente, ha perdido protagonismo crítico en la última década. La mala administración, la corrupción y las sanciones estadounidenses han devastado la industria petrolera nacional. La producción cayó a 1,16 millones de barriles diarios en julio, cifra que representa menos de la mitad de lo generado hace diez años, aunque muestra signos de recuperación durante 2024.
La debilidad relativa que abre puertas a Washington
Paradójicamente, la reducción drástica de la capacidad productiva venezolana minimizaría el impacto inmediato de una salida en los mercados internacionales del crudo. Actualmente, estos mercados se encuentran dominados por las tensiones entre Estados Unidos e Irán, desplazando otros temas al segundo plano de atención analítica.

Sin embargo, la frustración acumulada alimenta este movimiento de desgajamiento. Iraq e Irak han expresado públicamente su malestar con las obligaciones de la OPEP, reflejando un descontento generalizado entre miembros que se sienten restringidos por sus mecanismos de control de producción.
Una salida venezolana avivaría las dudas legítimas sobre la capacidad de Arabia Saudita para mantener la cohesión del grupo y su influencia sobre precios. Una nueva deserción podría precipitar una guerra de cuotas competitiva, reproduciendo el escenario de enfrentamiento por precios que caracterizó brevemente el año 2020 entre Arabia Saudita y Rusia.
La estrategia estadounidense: restar Influencia a la OPEP e impulsar la producción global
Funcionarios estadounidenses contemplan la formación de una potencia petrolera bilateral que reduciría sustancialmente la influencia del cartel árabe-ruso. Esta alianza permitiría a Venezuela maximizar su bombeo de crudo sin restricciones de cuotas, bajando precios y limitando el poder geopolítico de la OPEP.
Washington podría ejecutar sus planes energéticos sin estar limitado por obligaciones contraídas con otros organismos internacionales. Para los tecnócratas estadounidenses, esta configuración representa el escenario óptimo: acceso garantizado a recursos, precios controlados y debilitamiento de competidores geopolíticos.
Las empresas petroleras internacionales de Estados Unidos y otras naciones ganarían protagonismo decisivo en la reconstrucción del sector venezolano. Este protagonismo podría agravar el excedente mundial de petróleo previsto por la Agencia Internacional de la Energía para los próximos años, intensificando la presión a la baja sobre los precios.
De fundador a desertor
Venezuela no es un miembro ordinario del cartel. Fue uno de los cinco países fundadores de la OPEP en 1960 y se considera el arquitecto intelectual de la organización. Juan Pablo Pérez Alfonzo, su visionario ministro de Petróleo, desplegó esfuerzos diplomáticos sostenidos que gestaron la institución más poderosa del mercado energético moderno.
Desde entonces, la OPEP y sus asociados han modelado la realidad de los mercados mundiales. Desde el embargo petrolero árabe de los setenta hasta los recortes masivos que estabilizaron precios durante la pandemia de 2020, la organización demostró capacidad transformadora sobre economías globales.
Venezuela también fue protagonista fundamental en el nacimiento de la OPEP+, alianza formada en 2016 entre miembros principales del cartel y potencias externas como Rusia, que revitalizó una organización que atravesaba declive severo. Abandonar ahora la organización representaría una traición al legado de su propio fundador.
La OPEP pierde control del mercado
El poder de esta coalición ha experimentado erosión progresiva en años recientes. Las empresas de esquisto estadounidenses y rivales globales han reducido dramáticamente su capacidad para controlar los precios. Los descubrimientos masivos en Guyana y Brasil han fragmentado su dominio sobre la producción mundial.
A finales de abril, los Emiratos Árabes Unidos anunciaron su retiro inmediato para aprovechar capacidades productivas expandidas sin restricciones de cuotas. Esta decisión reflejaba la urgencia creciente de la transición energética global, que abandona los combustibles fósiles y redefine patrones de consumo irreversiblemente.
Por su parte, Iraq liberó sus frustraciones acumuladas en junio, advirtiendo sobre posibles abandonos si se le negaba mayor nivel productivo dentro de una auditoría a escala del grupo. Aunque posteriormente minimizó esta amenaza, el mensaje resultaba inequívoco al evidenciar que la cohesión del cartel se desmorona bajo presiones internas.
La OPEP había eximido a Venezuela de cuotas de producción durante años debido a su colapso productivo. Paradójicamente, esta exención podría convertirse en el catalizador final de su divorcio porque al estar liberada de restricciones, podría maximizar producción bajo supervisión estadounidense, redefiniendo el equilibrio energético global en favor de Washington.






















