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La calle es la única garantía
Publicado el: 19 Abril, 2017 Hora:11:46 AM

Las estrategias políticas prueban su eficacia cuando se sustentan más en las fortalezas propias que en las debilidades del adversario. Apostar los resultados de una operación de envergadura a los errores que pueda cometer la otra parte, es una apuesta que deja decisiones cruciales en manos del azar. Una locura en términos de estrategia, por decir menos.

Uno de los problemas graves que hemos tenido en Venezuela para confrontar el chavismo, ha sido el desdén de quienes lo han subestimado, al punto de creerle incapaz de articular estrategias eficaces para mantenerse en el poder. Subestimamos a Chávez, y este gobernó hasta su muerte. Hemos subestimado a Nicolás Maduro —quien ha demostrado una extraordinaria incapacidad para resolver los problemas de los venezolanos— pero ahí sigue. El país se cae a pedazos, pero el dictador y su pandilla parecen más atornillados que nunca. ¿Por qué?

Porque, aunque nos cueste aceptarlo, Maduro y su camarilla también juegan ajedrez. Nosotros quisiéramos que —por el nivel de maldad y perversidad que tienen— cada acción que emprendan en perjuicio del país, conduzca a su expulsión definitiva del poder. Hemos puesto gran parte de nuestra esperanza para derrotar al chavismo en el fracaso comprobable de su gestión; pero nos hemos quedado cortos a la hora de armar una gran ofensiva política para confrontarlo y derrotarlo.

En otras palabras, el 80% del país repudia el chavismo, pero ellos —con el apoyo inmoral de militares pragmáticos— actúan como una minoría soberbia y arrogante que se impone sin piedad sobre el resto, que es la mayoría. Y aquí seguimos, esperando con ilusión por el siguiente error que cometerá el régimen, con la esperanza de que ese sea el definitivo, el que lleve a su derrocamiento de una vez por todas.

Si somos honestos en el análisis, tenemos que preguntarnos: ¿Por qué el país se levantó en los últimos diez días? ¿Fue acaso el resultado de alguna iniciativa, movilización o propuesta de la oposición política? No. El país se levantó porque el régimen —una vez más, en su tozudez—cometió el error de firmar a través de una sentencia su desconocimiento a la Asamblea Nacional. Esto desencadenó una intensa protesta a escala nacional e internacional que volvió a poner al régimen a la defensiva, y lo obligó a retractarse en su mejor estilo cantinflesco, asegurando que la sentencia no era en serio.

De no haber sido por la “brutalidad” de los magistrados chavistas en el TSJ, no tendríamos al país movilizado; ni estaríamos hablando de la “madre de todas las marchas”. Se presentó la oportunidad, y la oposición actuó con celeridad, como correspondía. Pero más allá de estas escaramuzas, es evidente que no hay ni una agenda de lucha definida (elecciones, transición, liberación de presos políticos, o todo a la vez), ni una estrategia más allá de estos eventos episódicos y coyunturales.

Los errores y las debilidades del oficialismo ofrecen oportunidades que deben ser explotadas por la oposición, pero por sí solas no son suficientes para cambiar la correlación de fuerzas. Es necesario potenciar las fortalezas propias y comenzar a marcar el ritmo y el contenido de la lucha política, en lugar de continuar reaccionando a las estrategias del régimen.  De lo contrario, corremos el riesgo de seguir sin querer su juego, y podemos terminar favoreciéndole.

En estrategia esto tiene un nombre. Se llama ir a la ofensiva, escoger el terreno más favorable para arrastrar al adversario, y derrotarlo allí donde está más débil.

En los últimos meses hemos visto como cada vez que la oposición intenta tomar la iniciativa de la presión organizada y pacífica en la calle, el régimen maniobra y de alguna manera se las ingenia para desmovilizar a sus adversarios. Justamente, cualquier escenario de lucha que implique medición de fuerzas o conteo electoral, pondría en evidencia las debilidades de la dictadura, por lo cual ésta tratará de sabotearla.

La movilización de la calle en los últimos días le vuelve a otorgar un momento estratégico a la oposición, una vez más, para arrinconar al gobierno. En este momento, el gobierno apela —como lo hace en situaciones similares— a su bolsa de trucos viejos y sucios para engañar, ofrecer algo y ablandar la protesta, pero sin tener intenciones sinceras de cumplir sus promesas. Ahora es cuando la oposición debe aumentar la presión e ir a la ofensiva sin tregua. Así el régimen cumpliría sus deberes constitucionales. No porque quiera, sino porque le toca, porque hay fuerzas externas y poderosas que no le dejarían otra opción y lo obligarían a ello.

Humberto González Briceño

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