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La diáspora venezolana
Publicado el: 16 Mayo, 2017 Hora:7:19 AM
Por Francisco Morales Ardaya

Parece que se ha convertido en un lugar común afirmar que lo mejor de la población venezolana ya no está, o pronto ya no estará, dentro de las fronteras territoriales de nuestra patria común, pues, según dicen muchos, ya está o pronto estará disperso por distintos países de América y del resto del mundo, formando lo que ya se ha empezado a llamar la gran “diáspora venezolana” de principios de este siglo. No me extraña que esta diáspora se haya convertido en uno de los focos de atención preferente de quienes, desde diversos ámbitos, reflexionan sobre la realidad de nuestro país, puesto que, de ser una nación receptora de inmigrantes, especialmente entre los años 30 y 70 del siglo XX, hemos pasado a ser una tierra emisora de emigrantes, en una medida en que no se había vuelto a ver en estas coordenadas geográficas desde la guerra de independencia.

Las vicisitudes y adversidades que tienen que padecer la mayoría de quienes deciden abandonar la patria no por gusto, sino por necesidades de muy diversa índole, y por supuesto, las simpatías que genera el hecho de que, entre los modernos expatriados venezolanos, se hallen parientes y amigos nuestros (un hijo, un compañero de infancia, o incluso un novio o un esposo dentro de una relación aún viva), sin duda son causa de que se vea a los emigrantes como gigantes morales, como emprendedores valerosos y valiosos, como los representantes más nobles del gentilicio; en suma, como “héroes”.

Un razonamiento odioso y discriminatorio

Por supuesto, los héroes, siendo tales, merecen aprobación unánime y alabanza a coro, y entre quienes se han sumado últimamente a este coro laudatorio se halla el gran poeta Rafael Cadenas, quien señala con admiración “el talento, la inteligencia, el trabajo” de los emigrantes, cuya influencia benéfica se manifestará “en esos países a donde cada día lleguen venezolanos de bien para entregar en tierras lejanas y extrañas todo su esfuerzo y trabajo para hacer de este mundo un sitio mejor”. El poeta no lo dice explícitamente, pero de sus palabras se podría deducir que la Venezuela trabajadora, la Venezuela talentosa, la Venezuela auténtica es la que se encarna en esos emigrantes heroicos, puesto que, ahora sí en sus propias palabras, así caracteriza a la Venezuela territorial: “Lo que queda aquí, rodeado por Colombia, Brasil y Guyana, frente a ese hermoso e imponente Mar Caribe. Esto, este corral al Norte de la América del Sur. Esta republiqueta de vivos, sicarios y malhechores. Esto que ya no es un país sino una parodia de República Bananera. Esto no es Venezuela”.

Entiendo, con entendimiento benevolente, que Rafael Cadenas, con sus loas y vituperios, no ha querido, ni por asomo siquiera, menospreciar a los venezolanos que, sin ser vividores, ni sicarios ni malhechores, seguimos dentro de las fronteras nacionales. Y sin embargo, no es descabellado pensar que las palabras  del poeta pueden prestarse muy fácilmente a ser malinterpretadas, en especial por los compatriotas que, tanto fuera como dentro de nuestras fronteras, y valiéndose de una especie de silogismo o entimema odioso y discriminatorio, ya han comenzado a opinar y expresar que, si quienes emigran son héroes y representantes de lo mejor de la venezolanidad, entonces, quienes se quedan no pueden ser ni heroicos ni venezolanos de excelencia (exceptuados quizás, en tal silogismo, los ancianos, los infantes y tal vez los minusválidos), a menos que se rediman emprendiendo el autoexilio.

No hay prosperidad asegurada en el extranjero

Ante tal opinión y razonamiento debo decir que, permaneciendo en el país y sin posibilidades fundadas de salir al extranjero para reinventarme una nueva vida prácticamente desde cero, no me siento ni más ni menos venezolano que cualquier compatriota emigrado que, huyendo de las calamidades nacionales, se halle lavando platos en un mesón de Miami, limpiando baños en un hotel de la Costa Brava española o de la Patagonia argentina, vendiendo helados en la capital panameña, o limpiando parabrisas bajo un semáforo en las poblaciones fronterizas de Colombia o de Brasil. Por cierto, ya que he mencionado varios de los trabajos humildes pero honrados, u honrados pero humildes (según el orden preferido por el amable lector) que hacen de buen grado o se ven en la penosa necesidad de hacer muchos emigrantes venezolanos, debo decir en seguida que, entre los varios tópicos de la leyenda dorada construida en torno a la diáspora venezolana, el primero que hay que desmentir es el del éxito general y casi asegurado del emigrante. Un poco de investigación en la Red fácilmente hace poner de nuevo los pies en la tierra a quien empieza a volar soñando con lograr en el extranjero la prosperidad y el reconocimiento social que se le niega en su propia patria. En realidad, cualquier profesional universitario venezolano, con excepción quizás de los médicos, podrá considerarse extraordinariamente afortunado si al menos obtiene un modesto empleo de oficina con pausa para almorzar.

No todo el que se va es virtuoso o talentoso

Por otra parte, quiero también desmontar la idea de que todo el que parte a otras latitudes (y longitudes) es un ejemplo de virtud, o al menos merecedor de compasión por las desdichas que lo hayan obligado a irse, pues si no son pocos los que huyen de la inseguridad, la escasez de medios de vida o la falta de oportunidades laborales honradas, tampoco son escasos los que se van fugándose del castigo prescrito por leyes correctamente aplicadas (hecho insólito el de esta aplicación, pero también ocurre de cuando en cuando), o quienes se residencian en el extranjero a disfrutar de sus riquezas (bien o mal habidas, según el caso) en otro país con un estado de derecho mucho más sólido, o los numerosos hijos, sobrinos, nietos (y demás parientes) de quienes nos gobiernan o de quienes votaron por los que nos gobiernan, y que al parecer se sienten más a gusto en los balnearios de Flórida o de la Côte d’Azur, que en las playas del mar de la felicidad del socialismo “millennial” defendido y aplicado por sus padres, tíos y abuelos.

No todo el que se queda es mediocre o delincuente

Otro tópico que, al parecer, también es necesario desmentir cada vez con más énfasis, es el de la capacidad y valía de los que se quedan, de quienes nos quedamos. En efecto, vivir y seguir viviendo aquí, en nuestra nación, en nuestro país, en nuestra Venezuela, no significa que no podamos, en la medida de nuestras limitaciones y posibilidades, desplegar y dar muestras palpables, concretas y convincentes de nuestro talento, nuestra inteligencia y nuestro trabajo, no solo en beneficio unipersonal, sino también en favor del círculo social que nos rodea a cada uno, y por supuesto, la nación entera, si cabe. Así pues, no me siento ni creo ser menos talentoso y, por supuesto, tampoco más perverso, que el promedio de los venezolanos que logran emigrar, así como estoy seguro de que no son menos talentosos ni más perversos los millones de compatriotas que persisten en construir al país desde dentro del país, a pesar de las formidables dificultades que nos pone la diatriba política y la situación económica. Pues si ello no fuera cierto, ¿cómo podrían entonces ser considerados mediocres y malvados quienes, en la flor de su juventud, en la plenitud de su salud, quedándose aquí, en nuestro país, en nuestra nación, en nuestra Venezuela, salen a manifestarse colectivamente en las calles exigiendo respeto a sus derechos civiles y constitucionales como ciudadanos? El solo hecho de que tantos manifestantes y protestantes demuestren haber adquirido conciencia ciudadana en una sociedad con tantas carencias como la nuestra (aunque muchos piensan que tales esfuerzos de resistencia quedarían mejor encauzados de otra manera), basta como prueba del talento y del valor que todavía late y seguirá latiendo fronteras adentro.

Hay otras formas de resistencia

Finalmente, al haber mencionado las protestas civiles, quiero desmontar también el tópico de que la única resistencia válida es la física, la que ejerce “presión de calle”, la que grita consignas. Si convenimos con Stéphane Hessel que “resistir es crear”, entonces convendremos también con la idea de que hay muchas formas de resistirse al poder abusivo y a la mediocridad que parece ir permeando cada vez más las instancias de gobierno a todos los niveles. Soy profesor universitario, y sé bien de lo que estoy hablando al decir que de esta infestación de mediocridad no se salvan ni siquiera las instituciones del cogobierno universitario ni los gremios de nuestras “almae matres”, ni aun las autónomas. Y como profesor universitario también sé que, dadas las circunstancias académicas que se le imponen a la parte más laboriosa tanto del alumnado y como del profesorado, comprometida con el buen nombre de la academia, ya de por sí es un gesto de resistencia el esfuerzo de preparar una clase sin “piratearla”, o el de responder un examen sin “chuletarse”, en un ambiente general que, lamentablemente, valora el mínimo esfuerzo, el éxito valido del amiguismo y del nepotismo, o el interés puramente crematístico.

En todo caso, estoy con quienes opinan que, de todas las formas de resistencia, no es menos noble la del espíritu, la resistencia de la mente que se opone a ser colonizada por consignas maniqueas o interpretaciones simplistas de la realidad (incluida la realidad nacional), la que se niega a rendir pleitesía a cualquier supuesto “mesías” político cualquiera que sea su ideología, y en fin, la que rehúsa someterse a la locura, en especial cuando esta se vuelve colectiva.

Es profesor de la Ula Táchira

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